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Me entero casualmente que se celebra en el palau de la música de mi ciudad una adaptación del barbero de Sevilla de rossini , ya sabéis primo del de los canelones, para niños, y por el precio 3€, pues decido llevar a mis hijas a ver en directo una opera y que se introduzcan un poco en la música clásica y que vean que hay vida mas allá de los triunfitos, factorequiseros y demás prodigios del marketing musical.
Para empezar y dada mi escasa previsión solo encuentro entradas de espaldas al escenario donde no solo no se ve casi nada de lo que ocurre en escena sino que además no se oye bien dada la miserable acústica del local, empezamos bien.
Comienza la orquesta a tocar la introducción y acto seguido sale el protagonista vestido de época y en patines, si no me he fumado nada raro, he dicho que era una adaptación para los niños, cantando el más que conocido Figaro, más que conocido para algunos padres, porque nadie lo incluye en un casting de OT. Así que a los niños les debía de sonar a chino.
Estaba disfrutando de medio ver y medio oír el espectáculo cuando a mi derecha empieza una niña a buscar dentro de una bolsa de chuches, cris,cris,cris,cris, la madre ni la mira, ni le dice nada.
Damos por bueno que es un acto infantil y los niños no son adultos que se quedan quietos en silencio escuchando, pero leches para eso están los padres, para no llevarles bolsitas de plástico o para impedirles que hagan ruido, me aguanto que remedio.
Al poco una mamá de la fila izquierda de abajo comienza a quitar el plástico a un zumo de brik, cric,cric,cris,cris, luego a la pajita el plástico, cris cras, cris cras, luego se lo da a la niña ¡coño! ¿No podía venir merendada de casa? Vale que es pequeña y puede tener sed, pero yo también tengo flatulencias y no me pongo a crearle competencia al señor del bombo, y no hay mas viento que el de los oboes y flautas.
Acaba la puñetera niña con el zumo y entonces la amorosa y ecológica mama mete la pajita en el vacío brik crassss crasssss y luego le abre las pestañas superiores e inferiores clack, clak y una vez plano el envase comienza a enrollarlo, yo trato de concentrarme en la música, pero imposible se me entremezcla de un modo diabólico el crac,crac,crac, del brik con el bona seraaaaaa, bona seraaaaaaaa, de la obra.
Cuando todo parecía haber pasado comienzan dos niños a hablar fuerte entre ellos, mientras la jodida madre los mira sin decirles ni mu. Y yo pienso ¡señora porque no se los lleva a un concierto de reaggeton y nos deja en paz!
En fin los niños, niños son pero queda visto que los padres han perdido toda capacidad educadora y no son capaces, o simplemente pasan, de trasmitir a sus hijos que mientras un artista trabaja se merece el respeto del silencio más aun si cabe, que la recompensa del aplauso.
Ya acabada la función a la salida un grupo de aborrecibles madres, con sus niños por civilizar, se ponen a comentar la obra ¡en la entrada de la escalera! Así que toca pedir que se aparten para pasar, como esperar hijos educados de padres maleducados .
Un público como para estar en la scala, pero no de Milán, sino en la de Girona pelando anchoas.
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